miércoles, 28 de septiembre de 2011

Un Martes a las 18pm

Estoy sentado cómodamente sobre un silloncito mirando por la ventana un día mojado, gris y naranja en este momento. De seguro va a llover en breve.
Hoy fue un día silencioso, el viento fue el encargado de hacer sonar esta parte de la ciudad.
La ventana llena de gotas, algunas duran mucho tiempo adheridas, otras caen tan rápidamente que no se dejan identificar, en conjunto crean un marco para la ciudad que veo a travez de ellas.
Enormes bloques de cemento con huequitos generan profundidad en el espacio, algunos gastados por el tiempo, manifestando que a nadie ya le importa lo que queda hacia el centro de la cuadra. Otros no, en cambio, llenos de balcones con plantas, un poco mas blancos y así, un poco mas teñidos por la luz naranja del cielo enojado.
¡Cuanto duran los minutos, y cuanto las horas! Si tan solo detuviéramos el trajín de los días por media hora solo para contemplar. Nos daríamos cuenta de que la vida ya es eterna.
(Diez minutos mas tarde)
Empezó a llover muy fuerte, las gotas de la ventana caen cada vez mas rápido y aumentaron su tamaño.
En el interior del cuarto una guitarra me mira fijamente, como incitándome a tocarla. El sonido de la lluvia es envolvente como una canción de cuna, me propongo escucharla y nada mas, pero para eso necesito aplacar un poco la vista. Apague las luces, solo puedo ver lo necesario para garabatear estas palabras; el sonido se intensifico, se escucha como el agua cae sobre diferentes superficies. Metal, algo hueco de plástico, bolsas y las hojas del árbol del balcón.
(15 minutos mas tarde)
En fin, ya paso el tiempo, esta parando de llover y es hora de la cena, voy a aprovechar que ya no caen gotas para salir a comprar algunos ingredientes.

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